Sergio Emanuel Trujano Bello
En la democracia, todos los ciudadanos en el ejercicio pleno de derechos, están invitados a participar en los procesos mediante los cuales son electos, en el caso de México, miles de puestos en los gobiernos de los ámbitos federal, estatal y municipal en los poderes legislativo y ejecutivo. Por fortuna, el poder judicial está fuera de dichos procedimientos.
El voto democrático comenzó a ser instaurado en nuestro país, a partir de sus inicios como nación independiente, copiando el modelo republicano que se estaba expandiendo por los países europeos y en el sistema de gobierno estadounidense. Bajo la sombrilla de la democracia, México incorporaba a su constitución, como uno de los derechos ahí remarcados, el del sufragio universal. Las primeras elecciones en el México independiente, se llevaron a cabo en octubre de 1824, tan solo unos días después de entrar en vigor la primera Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos, así lo indican escritos de Ignacio González-Polo.
A la diferencia entre participar y no participar en estos procesos electorales, se conoce como abstencionismo y este indicador es significativo de cada una de las etapas de nuestra nación. La reflexión anterior nos lleva a preguntarnos ¿cuál ha sido, y es, el grado de participación de los ciudadanos en estos procedimientos?, y ¿qué factores promueven la participación electoral?
Los datos nos arrojan que a casi dos siglos de las primeras votaciones en México, existen distintas interpretaciones para medir el abstencionismo a través de la historia mexicana, lo que nos obliga a hacer algunas suposiciones.
Partiremos de dividir en cuatro etapas la historia de México, siendo la primera la independencia hasta la guerra de reforma. Muy seguramente durante esta etapa, y avanzaremos de simples supuestos basados en el entorno geopolítico, las votaciones debieron de haber sido cuestión de unas pocas locaciones, seguramente en las ciudades más representativas en esos momentos: Ciudad de México, Guadalajara, la recién nombrada Morelia (antes Valladolid), Querétaro y otras que se encontraban en el espacio en el que el naciente México tenía la mayor parte de su población y actividad.
De acuerdo con el documento, “De cómo tomó posesión de su cargo el primer presidente de los Estados Unidos Mexicanos”,[1] en el registro de las votaciones generales para elegir: “Presidente de la República – Jefe de Estado y de Gobierno, electo por un periodo de cuatro años (1825-1829), sin posibilidad de reelección inmediata; Vicepresidente de la República. Substituto constitucional del presidente, y 38 senadores”, se votó por primera vez en el México independiente y en esta elección solo votaron 38 personas, que conformaban el Senado de la república.
Parta el resto de los procedimientos, el padrón electoral, que no existía tal como es conocido en la actualidad, se basaba en “la representación proporcional a la población, es decir, un ciudadano, un voto para todos los habitantes varones, jefes de familia o propietarios del país”. Los pobladores sujetos al voto, en su mayor parte debieron de haber sido ciudadanos en situación de analfabetismo y que en su mayor parte ni siquiera se interesaba en este derecho.
La situación como nación en etapa de nacimiento, ex colonia de una monarquía era precaria, obligándonos a reflexionar que la promoción al voto y a elegir puestos de representación popular debió de haber sido muy escasa. Podemos deducir entonces que el abstencionismo no era una situación consciente, sino una consecuencia lógica del entorno social, geográfico, económico y político, alcanzando sin duda niveles bastante altos.

Después de la guerra de reforma y de que la república renacía después de la segunda intervención francesa, el gobierno liberal, ganador de ambos conflictos, se dio a la tarea de organizar un sistema político, basado en la soberanía a través de elecciones de los representantes de los poderes ejecutivo y legislativo. La situación del país ya no era la misma que al inicio de la vida de nación independiente y para finales del siglo XIX, ya se podía hablar de un México consolidado en el que una nueva carta magna, la de 1854, el derecho al voto quedaba garantizado.
A partir de aquí, y de la información disponible en la popular referencia de la página web de Wikipedia, utilizaremos una serie de datos que nos ayudarán a dar una interpretación al presente ensayo[2]. Para las elecciones presidenciales de 1867, el padrón electoral era de: Habitantes Registrados: 16,640 y la participación fue de 62.38%
En ese momento la promoción del derecho a elegir gobernantes volvía a ser baja, pero ya más difundida y por el estatus de nación ya reconocida en el entorno internacional, se comenzaba a vislumbrar un mayor interés en esta actividad en una creciente sociedad ya consciente de su ciudadanía. Seguramente los niveles de abstencionismo volvían a ser altos, debido a la escasa educación democrática, a la mencionada situación económica y social, y, finalmente por los primeros vicios políticos que muy seguramente en lugar de promover, obstaculizaban la participación en el ejercicio democrático.
Es un hecho que, durante el porfiriato, el oficialismo no tenía un gran interés en que toda la ciudadanía ejerciera el voto. Prueba de ello, son los datos de la elección para elegir presidente y vicepresidente en el año de 1906, en donde de los 19,008 votos contabilizados, el 100% fueron para el dictador Porfirio Díaz.
Y fue precisamente, una reacción directamente relacionada a las votaciones, qué, al grito de ¡sufragio efectivo, no reelección!, el país sufriría una tercera transformación, a través de una nueva guerra civil que buscó, en primera instancia que las votaciones fueran transparentes y llevadas a cabo de una manera limpia y organizada y qué se respetara el resultado. El pueblo luchó por ejercer su derecho al voto.
No obstante, a pesar de que la lógica indicaría que el pueblo saldría a ejercer el derecho al voto posterior a una lucha armada bajo la bandera del escrutinio libre y más aún, después de haberlo plasmado en la Constitución de 1917, las cifras que se han podido recabar nos dicen qué los niveles de participación posterior fueron muy bajos durante el dominio del partido oficialista, el PRI.
Como punto de referencia inicial, podemos observar el de las elecciones de 1917, a tan solo un mes de haber sido promulgada la nueva constitución, en donde la demografía electoral nos dice que 821,655 votantes eligieron presidente (Venustiano Carranza) y otros puestos de representación (diputados y senadores). En esta elección en dónde se llevaba a cabo por primera vez mediante el sufragio directo, la suposición nos lleva nuevamente a interpretar un nivel de participación relativamente bajo al comparar con la demografía, que nos arroja un aproximado de 14 millones de habitantes.
Para la elección de 1970, los datos nos arrojan un total de “Habitantes Registrados de 14,117,701 y una participación de 69.20%”.
Casi 60 años en los que una “dictadura perfecta”, organizó y operó elecciones amañadas, en las que los votantes eran movilizados de acuerdo a estrategias estructuradas a promocionar el abstencionismo que poco a poco fue disminuyendo hasta lograr un gran nivel de participación en la elección del año 2000, en la que el PAN lograba la alternancia.
Para lograr lo anterior, se tuvieron que fortalecer varios factores que promovieron una cultura del voto democrático. Entre ellos, la del fortalecimiento de las instituciones electorales, la de darles autonomía, la de permitir la observancia de organizaciones internacionales, la de proveerla con insumos que permitieran la transparencia de las elecciones, como las credenciales e identificaciones; la de otorgar el derecho del voto a la mujer. Todo ello, se conjugó para que la promoción del voto fuera efectiva, la participación aumentara a 63.97 % y el abstencionismo disminuyera. El promedio de participación para la elección de 2018 fue muy parecido, un 63.42% de votantes que participaron y que resultó en la llegada al poder del movimiento denominado cuarta transformación.
Es para mí evidente que la participación está directamente relacionada con estos factores y entre más sea promovido el voto, mayor la participación. Es simple: ¡marketing político!
Es mi opinión ahora, con la cuarta transformación, la promoción del voto está haciéndose de manera adecuada, utilizando todo el andamiaje político construido con el esfuerzo y lucha de muchos años. Es así como el porcentaje de participación deberá de mantenerse entre el 60 y 70%, promedio de las elecciones en el México democrático, representando lo anterior un abstencionismo relativamente bajo, algo qué siempre será beneficioso para la sociedad.
[1] González-Polo, Ignacio – ibidem.
[2] Anexo:Elecciones federales de México – Wikipedia, la enciclopedia libre
![]()
