Lic. José Manuel Moranchel Roca

Hoy por hoy y de cara a los cambios y al reconocimiento fáctico del rol de la mujer dentro de la sociedad, aún nos queda mucho por hacer.

  • ¿He dicho fáctico?
  • Por su puesto que sí y al hacerlo me refiero a todas aquellas conductas que, visiblemente, han sido agresivas en contra de la mujer a lo largo de la historia y que es urgente cambiar.

Entonces…

  • ¿Vuelvo a recurrir a la frase tan usada de “aún nos queda mucho por hacer” cómo inicio o conclusión del presente ejercicio?
  • Al contrario, pues, como sociedad, no podemos enfrentar nuestra deuda histórica con la mujer concluyendo con un deber pendiente para repensar mejor las cosas.

La aún visible violencia en contra de las mujeres nos resulta como individuos, o así debiera ser, cada vez más evidente hasta el punto llevarnos a un “impase” y punto de no retorno que nos obliga a detenernos y reconocernos, muchas veces sin quererlo, dentro de un plano axiológico muy complejo y que requiere cambios fundamentales.

Lo anterior, es lo típico dentro de aquellas coyunturas sociales que forman parte de un cambio; pues, como país o simplemente como grupo humano, estamos cambiando, por lo que, lo “acostumbrado”, lo “cotidiano” o hasta lo “correcto”, es ahora puesto en “tela de juicio” de modo que nos vemos obligados a cuidar y vigilar ciertos aspectos de nuestra conducta cuya carga violenta no nos era necesariamente evidente a lo largo de nuestra historia.

La violencia visible y nuestro reconocimiento de aquellas acciones ofensivas o violentas en contra de la mujer se nos manifiestan de inmediato, pero… ¿Hay acaso algo más? ¿Hay planos más profundos que no hemos notado?

Recapitulemos: cuando modificamos, individual o socialmente, nuestras conductas violentas visibles, sea contra la mujer o contra cualquiera, lo que finalmente estamos cambiando son los resultados y las consecuencias de aquellas interpretaciones y modos de ver el mundo que se nos han inculcado y que, por lo tanto, abundan en situaciones de violencia invisible muy difíciles de percibir.

En este caso, a la violencia invisible contra la mujer, la debemos ubicar en reino de las causas:

  • Un golpe, un abuso de fuerza o autoridad, un sueldo reducido, un grito, una denotación despectiva, un crimen, etc., son formas de violencia visible que son consecuencias de modos de violencia invisible con los cuales hemos sido educados.

Ahora bien, hay que distinguir que, la violencia invisible, no es, ni mucho menos, lo mismo que la violencia visible, pero en secreto, sigilo o en silencio.

La violencia invisible no es cuestión de discreción, es otra cosa.

En relación con lo anterior, existen muchas formas de violencia invisible contra la mujer, sin embargo, prácticamente podemos anclarlas en cuatro modos básicos que dan origen el resto.

  1. Inmovilidad

La inmovilidad es una forma de violencia invisible que consiste, desde muy temprana edad, en cerrarle a la mujer los caminos y hasta el mundo con la finalidad de crear lazos de pertenencia y permanencia muy complejos de romper.

Esta forma, surge en el seno familiar a través de dependencias creadas que, si alguna vez se rompen, la mujer no tarda mucho en establecerlas nuevamente en relación con otras personas.

El problema de la inmovilidad es que es muy silenciosa; ésta, se impone a través de conveniencias económicas, de habitación o, incluso, de cercanías obligadas.

La inmovilidad cierra el paso a la novedad. La mujer, sin darse cuenta, existe únicamente alrededor de un mismo núcleo familiar, un determinado lugar, una pareja nociva e incluso a amistades perjudiciales.

  • Inutilidad

La inutilidad es de las formas de violencia silenciosa más comunes que existen y tiene muchos disfraces. Uno de ellos y el más común, es la caballerosidad mal entendida con la que se le educa a la mujer desde niña.

Casi por costumbre, a las mujeres, se les ha instruido, y de mujer a mujer que es lo peor, a apreciar la caballerosidad como una manera de romantizar su “bien estar” al lado de alguien. Pero, cuando la caballerosidad es idealizada, sea por parte del padre, de la madre, del modelo masculino etc., y se usa como forma de educación a la mujer, tiene lugar un autoengaño muy interesante pues la mujer “por el hecho de ser mujer” da por hecho casi compulsivamente que ha de ser “atendida”.

Dentro de esta forma de violencia invisible contra la mujer, se pasa, de contar con una mano que alcance, por ejemplo, un objeto inalcanzable para ella en un estante, a necesitar y exigir que, la otra parte, haga absolutamente todo por ella en nombre de la caballerosidad, con lo que la mujer violentada de esta manera se ha convertido por su educación en una inútil convencida.

  • Irresponsabilidad

La irresponsabilidad es una forma de violencia invisible basada en el control.

La mujer víctima de esta forma de violencia, es, como en el caso de la inutilidad, una convencida.

Esta forma de violencia surge como la anterior muy temprano en la historia de cada mujer y tiene lugar a partir de una tergiversación de su propio ego en relación con el entorno y con los bienes.

La mujer, es educada como poseedora de derechos, pero ajena a responsabilidades, las cuales, recaen en otros, ya sean los padres, los hermanos o los esposos.

Junto con la inutilidad en donde “todos” hacen por la mujer aquello que “no puede hacer pues es mujer” con la irresponsabilidad se le educa a saberse merecedora de bienes fruto de un tercero; sin embargo, el problema no termina allí, pues, igualmente, se le enseña a pasar de un “ver por el resto” a “ver para sí misma” en su calidad de mujer; es decir, o bien se le educa para depender económicamente de alguien o a que, si llega a ser independiente financieramente, su ganancia le pertenece únicamente a ella, tenga o no familia.

  • Inmadurez

Esta forma de violencia se oculta regularmente detrás de muestras de cariño y afecto excesivo los cuales son impuestos y aceptados también desde el seno familiar.

La inmadurez es muy cómoda por lo que la víctima de esta forma invisible de violencia nunca deja de ser la niña de la casa literalmente por conveniencia.

Cuando ocurre, esta forma de violencia es imperceptible hasta que la edad misma se impone de cara a la niñez impuesta creando, a favor de la segunda, una ceguera provechosa de la mujer que ha sido víctima de esta influencia.

Una mujer violentada por la inmadurez vive anclada en ser infante década tras década y exige ese trato más allá de su núcleo familiar. El problema, es que esta mujer, si bien juega o se divierte, es una persona estancada.

La inmadurez es muy complicada de erradicar pues la mujer que ha sido víctima de esta forma de violencia invisible no quiere enfrentar ni su edad, ni sus deberes pues, finalmente, para ello ha sido educada.

  • ¿Podemos erradicar estos modos de violencia?

Las diversas formas de violencia invisible, como conclusión, abarcan por lo general muchísimas más y son generadoras, entre otras causas, de las formas de violencia visible de las cuales ya hemos hablado.

Los golpes, los abusos, los ingresos menores, los sometimientos y los insultos ocurren y han sido históricamente aceptados partiendo de formas invisibles de violencia que conforman la educación tanto de hombres como de mujeres y por lo tanto formas de estar en el mundo.

Por ello, repensar la violencia contra las mujeres, incluye revisar las formas como somos educados desde pequeños con la finalidad de erradicar todo aquello que nos robe la dignidad como personas y nos limite entre iguales.

Bibliografía.

  • Dutto, R. (1999). La medida autosatisfactoria en el proceso de familia en medidas autosatisfactivas. Ed. Rubinzal-Culsoni. Buenos Aires.
  • Gallardo, E, / colaboradores. (2015). Violencia Intrafamiliar – Guía de detección. ACACIA. Unión Europea.
  • Jiménez-Quenguan, M., & Martínez Vélez, M. (2013). La familia un mundo de ternura o infierno. Revista UNIMAR.
  • Pujet, J. (1990). Violencia y espacios psíquicos. Ed. Panel. Buenos Aires.

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