Lic. José Manuel Moranchel Roca
¡Ay eficacia, eficacia, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!
Sin lugar a dudas, esta paráfrasis de José Luis Cortés a la frase de Madame Roland pronunciada en el cadalso y casi al final del Terror en la Francia Revolucionaria, y que fuera escrita hace más de veinte años por el autor y dibujante español, resume hoy más que nunca lo que la tecnología de la información ha significado para nuestra clásica comprensión del trabajo y para la sociedad en general.
Verdadera distopía tan de ciencia ficción dirían algunos.

Acerquémonos al fenómeno:
Muy dentro del día a día de las empresas, tal y como las habíamos conocido de un tiempo para acá, y como parte fundamental de su organigrama, se contaba con el tan conocido gerente de TI (Tecnología de la Información) el cual, por decirlo de forma simple, administraba los equipos y redes que conforman la organización, monitoreaba su uso, resolvía inconvenientes, realizaba mejoras y cumplía toda serie de quehaceres para optimizar la conectividad y la producción.
Hasta hace unos años, y ciertamente no muchos lo que es cada vez más sorprendente, esta persona hacía las veces de un extraño “gurú” dentro de las instituciones que se encerraba en pequeñas “covachas” llenas de equipos para reparar, cableados sin fin y terminales de todo tipo; un hombre siempre equipado con pequeños desarmadores apenas visibles y con más de alguna sorpresa en sus bolsillos; de pronto, se le encontraba sumergido en alguna tarea interminable ante el ordenador de tal o cual colaborador y siempre acompañado por un disco duro externo y su propio teclado más pequeño que el del resto mientras que, inmerso en una pantalla verde con una serie de números perfectamente desconocidos para cualquier observador, trataba de configurar el sistema en cuestión.
Por cierto, hoy aún existe el puesto, pero…
El gerente de TI era un sujeto tan ajeno al resto que, o bien intentaba explicarnos las cosas de forma ininteligible a partir de cuanto tecnicismo le venía a la mente o nos miraba con socarrona sonrisa mientras con un solo “click” solucionaba todas nuestras horas de angustia porque – Quién sabe que tecla pulsé -, decíamos.
Todo un personaje.
Hasta hace unos años, y siguiendo este orden de ideas, las diversas actividades y procesos dentro de las empresas se cumplían más o menos de igual forma como lo habían sido años atrás salvo por aquellos nuevos detalles ahora perceptibles como la ausencia de maquinas de escribir mecánicas y eléctricas y la presencia de computadoras e impresoras; eso si, aun con las filas y filas de muebles y cajones llenos de folders y siempre con docenas de carpetas encima mientras que, el ahora nuevo gerente de TI, se encargaba de las ya mencionadas computadoras y de su correcto funcionamiento como apoyo a nuestro trabajo cotidiano.
Ahora bien, en nuestros hogares, dentro de las oficinas públicas y en los centros de salud, las cosas no eran muy distintas y las “maneras” comunes o conocidas de vivir, de actuar y de relacionarnos eran más o menos las mismas que habían sido durante años salvo por la novedad que las propias terminales significaban y su ubicación generalmente en muebles o escritorios no destinados para ellas siendo incluso un contraste divertido. Era, en estos escenarios, donde tenían lugar ciertas sorpresas cada día más frecuentes como el acceso de alguien a un juego nuevo, la comunicación con cierta persona que hacía mucho no veíamos, la presencia omnipresente de una serie de videos haciendo las veces de música de fondo y hasta el encuentro más eficiente de información importante, no sin dejar de lado aún, el diccionario en nuestras piernas o la libreta de direcciones a la mano.
Sin cambios trascendente, fue así como la tecnología de la información comenzaba a formar parte de nuestra vida, nuestra sociedad y de nuestro trabajo si que las substituciones fueran tan comunes como lo era la sola “suma” de modos y maneras de hacer las cosas. Eran tiempos de novedad pero aún nó de cambios.
Y todo esto, tan sólo a finales del sigo XX y principios del XXI.
Ahora reflexionemos:
¿Qué ha pasado desde entonces?
¿Qué impacto ha tenido todo esto?
¿Qué pasó cuando una oferta de empleo cualquiera dejo atrás el papel y cuando el trabajo más ajeno empezó a solicitar conocimientos semejantes a lo que antes sólo posible para el ya mencionado gerente de TI?
¿Cómo impactó para el grueso de la población la llegada de las terminales bancarias a cada tienda y a cada hogar?
¿Y la vida de los estudiantes?
¿Acostumbrados?
De pronto, por poner algunos ejemplos, se acabó aquello de citarme con un amigo y llevarle la fotocopia o, en el peor de los casos, aquel escaneo que habría significado pasar antes a la papelería, ahora, es por WhatsApp; y ¿Qué pasó con aquello de?: – deja anoto la dirección – o – voy al banco a depositarte.
¿Nos damos cuenta?
Vida, sociedad, estudios y trabajo ya no son realidades “iluminadas” o “adornadas” por el acceso a las tecnologías de la información, las cuales, se percibieran fascinantes al inicio y al convertirse en divertimentos para cada día; ahora, estos tópicos que nos eran tan comunes y con los que nos educaron o nos tocó educar, resultan cada vez más ajenos para un número importante de la población haciéndonos llegar, incluso, a desconocer nuestro propio entorno.

Desde nuestros hogares hasta nuestros sitios de trabajo ya no son los mismos.
Lo cierto es que, la vida cotidiana inmersa en la tecnología de la información, ha hecho de ésta última la más estricta referencia para validar o invalidar a las personas; privarnos en su uso, goce o disfrute, ya es semejante a no haber aprendido a caminar y pretender ir de un lugar a otro; irónicamente, y bajo esta óptica, no estar involucrados a la tecnología significa, metafóricamente, ser llevados en brazos por otros.
¿Y la velocidad?
Este es otro tema…
Sólo pensemos: antes, tanto por el uso de una máquina de escribir mecánica como de una computadora ordinaria, los tiempos para la escritura de un texto, más allá de su reproducción instantánea, dependían de la velocidad, el copiado desde los originales o de la habilidad de cada cual mientras que, ahora, podemos hasta renunciar a la actividad misma y dejar que el propio sistema la realice aun antes de lo que pensamos…¿IA?
El punto es que, como sociedad y en lo laboral, nos preguntamos:
¿Qué se espera ahora de nosotros por encima del resultado o el desarrollo?
¿Sigue siendo válida la definición del trabajo como realidad transformadora del mundo?
¿Qué papel juega México como nuestro escenario local de estas transformaciones?

Como país, hemos de reconocer que, dentro de los diversos marcos de desigualdad que aun son parte del entorno y con grandes cambios estr5ucturales por alcanzar, la tecnología de la información y su papel suponen nuevas reglas del juego pero también nuevas formas y vías para vernos al espejo de nuestra realidad y repensar nuestra dignidad y nuestras formas de vida.
Los cambios están presentes, pero lo que hagamos con ellos definirá nuestro futuro.
Es de saberse, y tan acostumbrados estamos que ya no nos sorprende, que existen dos caras de la moneda con relación a la tecnología de la información y que se oponen de forma tan antagónica que parecieran francamente irreconciliables; a saber, aquella postura del “si o si”, aprender a “operar” esta tecnología y aquella otra que supone una absoluta “vuelta de carro” a las maneras tradicionales de “lápiz y papel” pues, finalmente, “no nacimos con el celular en la mano y antes nadie lo necesitaba o ¿si?”
El problema que enfrentamos como país, ciertamente, no es exactamente el del “fomento” casi arbitrario de conectividad para todas y todos ni tampoco el regreso casi revolucionario a lo más básico y “artesanal” negando cualquier signo de progreso que nos resulte ajeno; el problema es la ausencia de lo humano, lo vinculante, lo social y lo personal dentro de nuestras relaciones, nuestro entorno laboral y dentro de nuestro ambiente familiar.
Como país y como sociedad, no podemos, ni debemos, pensarnos como un todo que, ineludiblemente, se haya en espera y en camino inevitable para pasar por el embudo de la tecnología de la información; esta última, al contrario, es una herramienta de conectividad, información y búsqueda que, si bien, ha de dar resultados a favor de la eficiencia y han de ser medibles, no ha de ser un símbolo de univocidad determinante de la existencia de cada cual ni substituir la dinámica social o cultural de nuestro entorno; no es exigirle a los más jóvenes que se desconecten porque eso sería semejante a habernos negado a usar aquellos primeros automóviles a favor de nuestras carretas tiradas a caballo, pero tampoco se trata de potenciar a la red como única forma de ser personas casi hasta el colmo de la discriminación.
Se trata, por decirlo de acuerdo a aquellos ejemplos de trabajo citados al inicio, de que tal o cual aplicación sea de utilidad y de apoyo para evitar el gasto y desperdicio de papel o para el uso arriesgado de efectivo en las transacciones pero nunca para llegar a ser un pretexto que evite la charla “humana” entre un cliente y un proveedor incluyendo el más tradicional apretón de manos o la simple taza de café.
Y así para todo.
Hogar, familia, barrio, institución o municipio, son espacios abiertos para estar “con el otro” y “ser con el otro”; en todos los casos, los medios con los que ahora contamos han ser útiles para favorecer el desarrollo pero evitemos como nación que sean las únicas formas de estar en la vida y de ser felices.
Fuentes:
Derecho de acceso y uso de las tecnologías de la información y la comunicación, Comisión Nacional de Derechos Humano, Colección Centenario, 2015
La tecnología avanza en México, pero la brecha digital continúa, Giovanni Maimone Celorio, 2023
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